J. Javier de las Peñas

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  We painters don't usually want to narrate anything, but to express our feeling, and if we are successful it means we can provoke the same feeling on the viewers.


  Refusing to imitate the outer world and its rules, I have set myself the task of looking for the real essence of painting, the physical and perceptual presence of the pictorial object in its own survival. Not having specific references to the world around us I plan to follow the unusual impulse of creation that emerges  away  from the established parameters.

The unconscious as if it were a zone without being polluted. Sign and colour as tautology of life, trying to transform painting into air, energy, desire, joy, sorrow, light... Piercing the states  of soul and the different emotional temperatures, like a unique big bang where harmony  settles down between completeness and emptiness, y proximity and distance, stillness and dynamism.


  Although all kind of art is totally in vain (Oscar Wilde dixit), I keep  on thinking  that it is appropriate to divagate on the cosmogony of soul and feelings looking for sensations on signs and codes not carefully thought-out, but based on colour, space or silence, following the path where imperfection  increases in value and what is ephemeral turns into transcendent in such a space where  canons are no good any more, looking  for harmony and what is timeless and perhaps, using and old- fashioned  word: Beauty.

Bio

He was born in Granada, but he has been living in Málaga (Spain) all his life. His vocation for painting aroused at a very early age. He started his training in different schools of Fine Arts and had private tuition from the painter Raimundo Alarcón. He set up a team with other young painters with whom he made his first youth exhibitions.

                                                         
  After staying in Paris for some time where he deepened of the study and knowledge of the avant-garde of the  20th century ,he gradually started to abandon figurative painting to focus  his painting on Informalism or the so-called Art-Informel in spite of being still highly influenced by the   Spanish and European pictorial tradition, the Spanish contemporaries and the North-American informalist painters.


  He graduated in Law in Granada while he was taking part in exhibitions and University cultural events showing a great passion for music and literature, subjects that little by little had great influence on his work. His gradual tendency towards freedom of shapes led him to deepen of the essence of colour, the representation of plain painting looking for its real  meaning,in sensations, signs and codes not previously conceived but guided by the colour and light.


  He gradually abandoned figurative art and investigated Art Informel that made his first abstract paintings emerge with a series of oil paintings inspired by the poems ’Concerning Angels’ written by the famous poet Rafael Alberti. Contemporaneously he felt attracted by textures and worked with old-thick-worn-out- broken sackcloth, covering the cloth in white using slight graphite strokes and shades of colour.


   Little by little he abandoned that experience due to the limitation that involved when using the above mentioned materials and textures which prevented him from reaching the gravitational lightness that he was searching for inside painting, the blasting off of the form and object.


  After his individual exhibition in Galería Médium he definitely focused on lyric abstraction, being reluctant to exhibitions for a long time until the year 2014 when he made another individual exhibition 'Seguro azar' in Galería Arte Nova, Espacio II where he exhibited more than 30 large-format works, highly related to poetry. Later on, he made a solo exhibition ‘Coloraturas’ in the Sociedad Económica Amigos del País (Málaga), a pictorial practice of Opera music, and since then he has been going on with his exhibition activity.


  Contemporaneously with his pictorial work and interested in the possibilities  that new technologies provide, he worked on digital series like ‘The Japanese Suite’ trying to sublimate colour, or ‘The Inhabited Waiting’ and ‘Visiting them again’ where he incorporated figurative art into abstract art.

Textos sobre mi pintura

Paisajes de la mente            

Alicia  Navarro.

Historiadora y crítica  de arte, investigadora y escritora independiente

En los paisajes de la mente de un artista reside lo azaroso. ¿Cómo? Por medio de interferencias. El azar (fortuna), que dirige esponjas directamente a ollares de caballos1, es capaz de producir lo que parecía incapaz de hacer para el arte2. Y es que por medio de ese relámpago que rompe la temporalidad del hombre en dos mitades, el arte encuentra su herida, su apertura, puerta o ruptura; a ese mundo onírico del paisaje de la mente que se encuentra ubicado entre lo vivido y lo soñado. Así la interferencia de la vida genera el paisaje deseado, sea éste o no el querido, y siendo sin duda el lugar seguro del azar humano. En el anillo de Salomón se podía leer: “Todo pasa”. Pero quizás ese pasar, ese paso, o pasado sea más real que el instante que conforma el presente. Un presente esquivo y fugaz en el que vivimos nuestro viaje vital. O no es cierto qué en las obras de José Javier encontramos un paisaje vivo. Y qué el recuerdo encierra la realidad imperecedera de lo presente y su potencia, siendo lo contrario a esto irreal o ilusorio, es decir, de ningún valor o efecto.

¿Es posible encarnar un paisaje? Dar carne a lo que no la posé y la posé al mismo tiempo, por medio de los fluidos del alma y la pintura. El pigmento y el azar, la mente y el lienzo. A medio camino entre el célebre pintor Apeles y el genio de la obra maestra desconocida del que nos habla Balzac3. Esto es: inyectar la sangre en el lienzo. Y así la pintura es el resultado de una interferencia vital, es entusiasmo y locura. Algo que Didi-Huberman llama la mirada-chorro4 del pintor. Se trata de una inyección extrema. Y las obras de José Javier de las Peñas la poseen, mostrándosenos como perlas de su tesoro existencial, un tesoro perdido que el hombre siempre anda buscando, el tesoro del alma y del tiempo. Pero, ¿Cómo trata estos dos conceptos en su obra? En sus cuadros el tiempo y el alma son tratados como lo que son, como conceptos abstractos y filosóficos. Pero apuntar unicamente esto seria sumamente superficial hablando de José Javier, así que adentrémonos en las profundidades de los océanos en los mapas, donde se encuentran las ballenas que guardan los sueños de nuestro pintor, en busca de nuestro tesoro escondido. Al igual que se encuentra escondida la intencionalidad del artista en su obra, ya que como sabemos este esconder (del artista) para tener que buscar (del oteador) es sumamente importante en el arte. Y hasta Marx decía: que había que esconder la tendencia en el arte, para que no salte como el muelle de un sofá viejo. Y es que a nuestro pintor le interesan las cualidades interiores, morales e inmanentes al tiempo; éste debe ser fijado de algún modo en la obra. Y este fijar, se produce gracias a que el arte es capaz de “atrapar” los recuerdos, sus emociones y anhelos. Dándonos un tiempo limitado y eterno a la vez, un paisaje vivo y soñado, un sueño pigmentado en la ventana del umbral de lo vivido. Y esto es justamente lo que nos muestra José Javier de las Peñas, cuadros que como paisajes de la mente conforman una selección de obras autónomas que a su vez constituyen la serpiente-vida del pintor, cuya piel es el tejido sin costura de su realidad.

El color nos muestra la potencia. Es lo diáfano en el medio de lo visible, la mancha iluminada inyectada en el lienzo, y el vehiculo de la visibilidad5. Aflorando por su medio todo un mundo de sentimientos que partiendo de las propias masas coloreas estructuran una dialéctica interna y externa al mismo tiempo. Y así, estos paisajes de la mente del artista malagueño hablan entre sí, al tiempo que nos hablan a nosotros, por medio de este tratar el camino-viaje del hombre, que es al mismo tiempo un tormentoso proceso de autoconocimiento. Porque De las Peñas consigue transmitir su tan querida energía espiritual por medio de sus piezas, con la esperanza de despertar ese “algo”, esa conmoción emocional. Que reside en la noción misma del colorido-síntoma. Y es que el color en sus cuadros tiene una importancia extrema, es el lugar y dialéctica de las “formas” que nos llevan de regreso a un estado perdido y por ello añorado, añoranza de la satisfacción física y mental, añoranza de la perdida, del volver a la armonía con el Cosmos. Quizás por ello los océanos sean la propia vida fuera de nuestro mundo de origen, es el viaje hacia la “prueba” en un mundo onírico. Y la superación de esta sólo depende de nuestra capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental, esto es lo azaroso. Por esta razón los paisajes de José Javier se materializan por medio de horizontes abstractos, para así viajar a un mundo onírico y “vivido” fuera de los límites terrestres.

Seguro Azar es una reflexión sobre lo específicamente humano y sobre lo eterno que vive dentro de cada uno de nosotros. Un flujo pictórico que nos transporta al viaje de la vida del artista, que se acompaña de continuas alegrías, intranquilidades y carencias. Son puro sentimiento, son el instante hecho eterno. Ese instante de potencia, que te arrastra sin poder evitarlo a un mundo en el que el hombre pierde su voluntad, no importando nada, sólo ese sufrir, ese conflicto, ese amor, esa melancolía, ese mundo interno que el animal racional que es el hombre trata de evitar a toda costa, pero que nunca consigue, porque no se puede escapar de lo que uno es, aunque montes a Hari6 en un proyectil y la mandes al espacio exterior, porque ella volverá. ¿Y por qué siempre vuelve? Porque vive en nosotros, en nuestra conciencia. Conciencia deseada y no deseada, conciencia que nos place y nos duele, conciencia necesaria e innecesaria; en la que el hombre se sumerge para entender lo ilegible, para entender el porqué de nuestro viaje vital. ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! -dice Cohélet-.

Algo que como ya sabía Salinas es en sí una contradicción, como el propio hombre y la propia vida. Y así encontramos estos paisajes, estas masas coloreas que nos atrapan y nos muestran que en el instante clave en el que la interferencia colisiona con el discurrir de la vida, es donde realmente se produce la experiencia y el tesoro existencial. Paisajes de la mente que en sus cuadros nos transportan a una estética del recuerdo y el presente, de la abstracción y el lenguaje figurativo de lo poético. Poética entendida como el estado de los sentimientos, estado que describe una situación de inquietud emocional intensificada. Ese momento de amor, de dolor, de pasión o de felicidad que el artista hilvana con los hilos de la experiencia, bien sea por medio de la poesía y la literatura, la música, o los acontecimientos más nimios y azarosos. Y así, se forma el cosmos estético de José Javier, y la nimiedad es elevada a la categoría de extraordinario.

1 Cuentan que el famoso pintor Apeles,había representado un caballo alquenolefaltabamásquelavida,perocuando se dispuso a pintar la espuma de los ollares, sin duda un pequeño detalle, Apeles no consiguió el efecto deseado. Y así, en un arranque de rabia, tomo la esponja impregnada con todos los colores de su paleta y la tiro sobre el cuadro, y fue entonces, por medio de este fortuito golpe de azar, cuando consiguió eso que tanto estaba buscando.

2 Reinach,A.J.,1921.pp.354-355.
3 Balzac,H.,Laobramaestradesconocidayotrosrelatos,Losada,Madrid,2009.
4 Didi-Huberman,G.,Lapinturaencarnada,Pretextos/UniversidadPolitécnicadeValencia,Valencia,2007.p.14.

5 Didi-Huberman, G., La pintura encarnada, Pretextos/Universidad Politécnica de Valencia, Valencia, 2007. p.34.

Cuando el pensador francés, Gilles Deleuze[1], en el contexto del curso impartido sobre pintura en la Université de Vincennes, adivina que en todas las colecciones de pintura de los grandes museos del mundo se esconde pintada la catástrofe - a saber: en forma de tempestades y, añadiríamos, de guerra, de muerte; pero, también, en un lugar donde asoma la violencia del desequilibrio o el intento de habitar la caída, el desierto del deseo-, entonces, contemplamos en la pintura un abatimiento capaz de transformar nuestro humor. Nuestra percepción primordial de la armonía se despega de su ungüento adhesivo para abrirse en una destrucción de la propia creación.

Así, podríamos emitir una primera valoración sobre el hecho pictórico y, especialmente sobre el trabajo de José Javier de la Peñas, como un Big Bang del absoluto que impregna la propia ceremonia pictórica en un deslizamiento de la materia líquida hacia el nimio gesto de la mano del pintor. Los colores se abren en sus telas y se arrastran - espátula y pincel en mano- por el lienzo como un paisaje que está siendo atravesado. Y es entonces cuando el Maelström de la acción pictórica es devuelto como una sinfonía estelar de gravitación de las emociones o una interpretación orquestal subacuática en la que sumergirse en la blanda lava de la creación, donde el azar desprovisto de toda garantía -de producir el efecto deseado- se impone bajo la insondable pasión del artista malagueño.

 

Entenderíamos, pues, que toda andadura en la pintura solo tiene su correspondencia con la agitación y reposo de un alma que precede y excede el hecho pictórico. Y es cierto que contemplando las obras de José Javier de las Peñas el ojo se pierde en toda la lírica febril del artista. De las Peñas procede a afectarnos con el rapto de la luz y los fogonazos de color. Estas son dos ideas que desde su juventud en Madrid sabía que tendrían un único lugar en la pintura abstracta. En sus pinturas se observa la plétora de emoción y la fugacidad del momento pictórico. Si desde su adolescencia, sus primeras tomas del natural, sus estudios en París, las visitas a las pinacotecas y museos de la modernidad francesa, fueron cultivando su deleite y hacer en la pintura -bajo una suerte de “educación sentimental” à la manière flaubertiana, como a él le gusta decir-, fue en el contacto con los artistas de la vanguardia española de los años 60’ o en su acercamiento a Francis Bacon, Henri Matisse y Willem De Kooning donde halló un desvío hacia una forma lírica entre la materia, su abstracción y el tratamiento de la luz y el color. Light and Colour, una luz y color especial, como en la mañana después del diluvio en la que Turner vislumbraba las teorías del color de Goethe. Un estudio concienzudo y delicado del diagrama del color, en la obra de De las Peñas, con el que dar tono a los sentimientos. Puesto que en el nacimiento del color se hunde la mirada que se dilata hasta el vértigo de la exhalación del pigmento en la embriaguez de la mancha. Aquí el orden poético es el que dota a la pintura de nuestro artista de la lógica de existencia que solo prevalece sobre la fuerza testimonial del arrojo del propio pintor.

 

Entonces es en las pinturas de De las Peñas donde advertimos que salir del caos y de la catástrofe es posible mediante el estallido del color. Se podría entender como un proceso alquímico de la sustancia pictórica. En él, el líquido se convierte en materia proveniente del mismo polvo ya disuelto que invade el lienzo. No se rinde. Porque quizá en este proceso de transmutación de los elementos, la pintura se halle “en víspera”, antes de que la acontezca la propia pintura. Y al mismo tiempo, esta se regocija en su historia interminable de amor y desamor que se aprehende en la fluidez que fluctúa entre los sentimientos y las pinceladas. Muchos de los lienzos de José Javier de las Peñas evocan la avidez y la desesperación del hecho amoroso como lo hiciese en sus versos Pedro Salinas, al que siente con gran proximidad en su pintura al no solo dotar a sus títulos de algunas líneas del poeta, sino trayendo al lienzo las emociones, sensaciones o delirios de un lector apasionado. Entre sus telas, aquellas vinculadas a un amor desenfrenado, a una pasión ilimitada o al inevitable fin de la relación amorosa, como son Seguro azar (título alusivo a la obra de Salinas) o Lo más seguro es el adiós y, también, El sueño consumido, Los días de enero o Más allá de los fines y los términos, descubren la necesidad del artista de transmitir a través de la profundidad de la mancha los sentimientos más contradictorios, efímeros o volátiles. Entonces, su pintura se sitúa en un abrirse al mundo, en penetrar en la fluidez de la posibilidad. La densidad y la suavidad de la materia pictórica confabulan entre sí en el permanente espacio infinito del lienzo.  La pintura de De las Peñas no se confía al desastre. Tal vez porque el desastre, como el Big Bang, sea el origen.

 

De hecho, existe una cuadro mítico al que todos nos hemos acercado alguna vez y en el que José Javier de las Peñas ha hendido su mirada para entreabrir allí el origen. Me refiero a el Perro semihundido de Goya. De las Peñas se ha aproximado en varias ocasiones a esta obra desde perspectivas diferentes en distintos momentos de su trayectoria. Sin embargo, en su última serie Doce metamorfosis del perro de Goya, observamos como el artista se ve sumido en la representación de un proceso de angustia y desesperanza a través de los estados oscuros de transformación, filtrado de la luz negra del óleo en la tela, procesos casi kafkianos, por los que el perro decae. Cae. En un tiempo y en un espacio que no son reales. La suspensión del hundimiento, de la metamorfosis del perro son como pintar la brecha que abre el mundo. Un lugar entre la salida del sol y su atardecer en el día. “El mundo antes del mundo”.[2] En ese instante en el que el mundo todavía no es tal y todo puede tener lugar.

 

Sin embargo, el peligro de dilucidar la presencia de la pintura como origen y fin puede conllevar  su propio naufragio. El universo pictórico de De las Peñas oscila entre la experiencia de la pintura y la propia experiencia del artista, lo que supone un movimiento interior en el sumergimiento de la pintura, pero también en el alma del artista. Este movimiento circular entre pintura y pintor supondría un alzamiento del espíritu del creador como lugar de nacimiento de la pintura y continuo renacer del proceso creativo: un acto casi cercano a la “espiritualización de la obra”[3] en su forma más superior de elevación de lo sensual de la materia pictórica. Una acción arrolladora que imprime De las Peñas como misterio inmaterial. “Es únicamente un presentimiento que el espíritu no se arriesga a mirar, pues se pregunta si la luz es solo un sueño y el círculo negro la realidad”.[4] Y, sin embargo, también es un impulso de la pintura que bate al artista, aunque este pretenda extraviar la mirada hacia la fisicidad del hecho pictórico.

 

La intuición de abrazar lo sensible y lo espiritual a través de una razón llena de lirismo conlleva dirigir la exaltación de la mano de nuestro artista en un gesto de azar controlado, como declara el mismo De las Peñas. Su hacer se desliza entre cómo habérselas con el accidente, la especulación del afecto y la mesura con la que la espátula se desliza controlando el óleo fluido que impregna el lienzo. Una “verdad trasvisible”, como en el poema[5] de Salinas, que está más allá de uno y otro elemento. Una materia que expone el artista malagueño en Sentirse vivido como una sustancia que es capaz de penetrar sobre otra proporcionando la incontrolable variabilidad del propio ser. Esta misma sensación de relación amorosa en la que uno es mirado, atrapado y vivido por otro deviniendo una mismidad en palabras de Ortega y Gasset. Y es en la obra donde los colores se interponen los unos a los otros en el furor de la mancha. Mientras que en Tu parte de mismidad que ya no te pertenece, las manchas parecen arrancarse, arrastrarse hasta perderse en el otro como asentamiento de nuestra parte más intima en el que ya no nos pertenece.

Así, estas pinturas interferirían entre sí y en sí mismas, en su mismidad y en su “ser otra distinta”. Tal vez, porque en realidad se trate de un cierto colocarse en medio de la experiencia, de las circunstancias que nos acontecen, que acontecen a nuestro artista. Porque la pintura de De las Peñas es, también, pertenecerse en la desposesión.

 

Johanna Caplliure

 

[1] Deleuze, G., Pintura. El concepto de diagrama, Buenos Aires, Cactus, 2008.

[2] Ídem, p. 29.

[3] Vassily Kandinsky denominaba “la espiritualidad en el arte” a una espiritualidad por la que la pintura despierta a la inmaterialidad o a la espiritualidad de las experiencias del artista.

[4] Kandinsky, V., De la espiritualidad en el arte, México, La nave de los locos, 1989, p. 8.

[5] Poema de Pedro Salinas:

“Qué alegría, vivir / sintiéndose vivido. / Rendirse / a la gran certidumbre, oscuramente, / de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, / me está viviendo. / Que cuando los espejos, los espías, / azogues, almas cortas, aseguran / que estoy aquí, yo, inmóvil, / con los ojos cerrados y los labios, / negándome al amor / de la luz, de la flor y de los nombres, / la verdad trasvisible es que camino / sin mis pasos, con otros, / allá lejos, y allí / estoy besando flores, luces, hablo. (…)”( 1-16)

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Pertenecerse en la desposesión            

Johanna Caplliure

Comisaria, filósofa y crítica de arte